¿Se viene el Plan Doble A?

CON­TRA­GOLPE

La esca­sez de recur­sos del Estado es una obvia con­se­cuen­cia del “fin de fiesta” anun­ciado. Y ya sabe­mos quién pagará los pla­tos rotos. Pero, en esta cir­cuns­tan­cia, se suma un fac­tor deci­sivo: la apli­ca­ción del “ajuste” selec­tivo, un con­tra­golpe al cora­zón de la pro­duc­ción genuina y a quie­nes encar­na­ron la resis­ten­cia a un modelo ins­pi­rado en el resen­ti­miento y el auto­ri­ta­rismo “populista”.

Cuando Cris­tina sila­beó en el aire “vamos por todo”, comenzó a defi­nir una polí­tica y un rumbo irre­ver­si­bles. Marcó el inicio de una estra­te­gia doble A: ajuste + apro­pia­ción. Y bien se sabe que la fuente más abun­dante y acce­si­ble es el campo. Resulta impo­si­ble ocul­tar o esca­mo­tear la tie­rra y disi­mu­lar sus fru­tos. Todo está expuesto y, con el auxi­lio de la moderna tec­no­lo­gía, hasta lo invi­si­ble puede ser detec­tado e inven­ta­riado. Ade­más, cuen­tan con una presa fácil, un con­tri­bu­yente que habi­tual­mente cum­ple y tiene casi todo en blanco.

La acción K viene “sec­to­ri­zada”. Es la revan­cha al “grito del campo” de 2008, en la dura con­tienda por la 125.

La dema­go­gia se nutre de la pro­funda igno­ran­cia (y esto no es peyo­ra­tivo, sino sólo des­crip­tivo) del “sobe­rano” que recibe sub­si­dios, pla­nes “des­can­sar” y las miga­jas de una torta que repar­ten y dis­fru­tan dis­cre­cio­nal­mente quie­nes deten­tan el poder, que moto­riza y res­palda el 54% de los votos logra­dos (por­cen­taje que invo­lu­cra una buena con­tri­bu­ción de muchos que ponen el voto y luego escon­den la mano, refu­gián­dose siem­pre en el anonimato).

En gene­ral, las enti­da­des han per­dido repre­sen­ta­ti­vi­dad. Sólo se advierte un cierto impulso latente del espí­ritu reno­va­dor, que ger­minó a par­tir de los auto con­vo­ca­dos. Existe un nota­ble des­gaste, no sólo en la Mesa de Enlace, sino en los gru­pos de base. No pocos defec­cio­nan por ago­ta­miento moral. La gente se des­mo­ra­liza cuando advierte entre los diri­gen­tes o líde­res natu­ra­les, trai­cio­nes, aga­cha­das, dobles dis­cur­sos. Las incohe­ren­cias y las incon­duc­tas, suma­das muchas veces a la incom­pe­ten­cia, obran a favor de quie­nes final­mente uti­li­za­rán al agro como pro­vee­dor de recur­sos y, al mismo tiempo, le car­ga­rán las máxi­mas res­pon­sa­bi­li­da­des, pues argüi­rán que “se la lle­van con cose­cha­dora”, recu­rriendo al con­sa­bido lati­gui­llo de los altos ingre­sos deri­va­dos del “yuyito pró­digo” o los artes y ofi­cios de la “oli­gar­quía vacuna”.

Resul­tan vanos los esfuer­zos por tra­tar de expli­car que, entre reten­cio­nes e impues­tos direc­tos e indi­rec­tos, la reco­lec­ción fis­cal acu­mula records sobre records, gene­rando una recau­da­ción iné­dita que fatal­mente se dila­pida entre asis­ten­cia­lismo pre­ben­da­rio y corrup­ción, al amparo de la impu­ni­dad, y la com­pli­ci­dad o la omi­sión de la justicia.

Como dijo cierta vez un cono­cido pro­duc­tor de Azul, “uno no sabe con quien se casó hasta que se divor­cia”. Y si nos va como nos va, no es por mera casua­li­dad. Quie­nes nos diri­gen son emer­gen­tes de nues­tro pue­blo. Ver­dad de Pero­gru­llo, pero ver­dad al fin. No se trata de engen­dros celes­tia­les, ni de cria­tu­ras emi­gra­das de lati­tu­des igno­tas. De una u otra forma, fue­ron pari­das en estos lares, se for­ma­ron en hoga­res, calles, escue­las, uni­ver­si­da­des de esta amada
Patria, exten­dida al sur de Amé­rica latina… Lle­van ADN celeste y blanco.

La cala­mi­dad de la corrup­ción, la des­truc­ción de los valo­res y hasta la quie­bra moral de algu­nos son paté­ti­cas evi­den­cias de un país sumido en la decadencia.

Se trata de no per­der el futuro. Y el pri­mer paso es salir del indi­vi­dua­lismo, atre­verse a ser y hacer, reco­no­ciendo lo bueno del otro, reivin­di­cando el con­senso sobre la base del valor de la con­ducta. Urge pro­mo­ver el com­pro­miso colec­tivo e incon­di­cio­nal de hom­bres y muje­res pro­bos. Se impone la reno­va­ción de las ins­ti­tu­cio­nes, a par­tir de la ges­tión de per­so­nas iden­ti­fi­ca­das con la ver­dad, el tra­bajo y la voca­ción de servicio.

En ese con­texto, tal vez la gran asig­na­tura pen­diente en el ámbito agro­pe­cua­rio es la caren­cia o las defi­cien­cias de un sólido ser­vi­cio de infor­ma­ción y divul­ga­ción de cara a la socie­dad, recu­rriendo al perio­dismo y los medios.

Otra de las accio­nes impres­cin­di­bles e inme­dia­tas es ges­tio­nar y expo­ner argu­men­tos obje­ti­vos ante los legis­la­do­res pro­vin­cia­les y nacio­na­les, repre­sen­tan­tes de enti­da­des socia­les, diri­gen­tes, empre­sa­rios, etc. Sólo el cono­ci­miento y su ade­cuada difu­sión per­mi­ti­rán ins­ta­lar la con­si­de­ra­ción y el aná­li­sis del tema, ubi­cán­dolo en un plano racio­nal, domi­nado por la sensatez.

El campo, los pro­duc­to­res, la comu­ni­dad rural ado­le­cen de una falla estruc­tu­ral: seme­jan una isla en el con­texto de la socie­dad gene­ral, pare­cen cons­ti­tuir un “mundo aparte”, por momen­tos mágico e idí­lico y, casi siem­pre, iden­ti­fi­cado en los cen­tros urba­nos como el “cuerno de la abun­dan­cia” y el pseu­do­im­pe­rio de unos pocos pri­vi­le­gia­dos, a quie­nes “está bien que el Estado les quite algo de lo mucho que tie­nen y ganan”.

Esta con­cep­ción mani­quea sigue en vigen­cia y es uti­li­zada por quie­nes fogo­nean un “modelo” pró­digo en inequi­dad y auto­ri­ta­rismo, pro­mo­tor per­ma­nente del enfren­ta­miento y la dis­cor­dia, en mar­cha ace­le­rada hacia la apro­pia­ción de toda la renta y, tras ella, el patrimonio.

Están en riesgo la liber­tad y no pocos dere­chos inalie­na­bles. La his­to­ria demues­tra que el miedo, la resig­na­ción y la indi­fe­ren­cia sue­len con­de­nar a las socie­da­des a con­ver­tirse en mul­ti­tu­des de rehe­nes. ¿Será ese el epí­logo del “relato” que pre­tende impo­nerse hoy en la Argentina?

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