Por qué iré al cacerolazo

 

Los espon­tá­neos cace­ro­la­zos de la semana pasada se repe­ti­rán hoy jue­ves 7 de junio en varios pun­tos del país, tal como se está difun­diendo con lla­ma­tivo entu­siasmo a tra­vés de las redes socia­les. En res­puesta a diver­sas lec­tu­ras ten­den­cio­sas, reduc­cio­nis­tas y malin­ten­cio­na­das que opor­tu­na­mente se efec­tua­ron sobre la natu­ra­leza y las moti­va­cio­nes de estos nue­vos cace­ro­la­zos del har­tazgo, creo con­ve­niente dar algu­nas razo­nes por las cua­les concurrir.

Iré al cace­ro­lazo, en pri­mer lugar, por­que valoro la liber­tad como dere­cho inalie­na­ble del hom­bre y no acepto que el kir­ch­ne­rismo pre­tenda diri­gir la vida de los ciu­da­da­nos hasta en sus más minúscu­los deta­lles. No sólo han ata­cado la liber­tad de expre­sión y amor­da­zado a la prensa no adicta de manera sis­te­má­tica, sino que ahora pre­ten­den deci­dir por noso­tros qué debe­mos hacer con el fruto de nues­tro tra­bajo y con­tro­lar hasta nues­tros cal­zo­nes si osá­ra­mos via­jar al exte­rior (cual­quier seme­janza con Cuba o Vene­zuela no es mera coincidencia).

Iré al cace­ro­lazo por­que no me que­daré sen­tado viendo cómo los fun­cio­na­rios kir­ch­ne­ris­tas se enri­que­cen con el dinero del pue­blo. Los casos de corrup­ción en Argen­tina, desde los fon­dos de Santa Cruz que nadie sabe dónde dia­blos los escon­dió Nés­tor, pasando por las vali­jas de Anto­nini Wil­son, la bolsa de Felisa Miceli, las coimas de Skanska, la cocaína de Sout­hern Winds, las casi­tas de Hebe y Scho­klen­der, y un inter­mi­na­ble etcé­tera hasta lle­gar al más reciente de todos, el pre­sunto enri­que­ci­miento ilí­cito de Amado Bou­dou, no han lle­gado a nin­guna parte y la impu­ni­dad ha sido la regla.

Iré al cace­ro­lazo por­que no me creo que este gobierno sea “nacio­nal y popu­lar”. Más que nacio­nal, es esta­tista (que no es lo mismo en abso­luto); y más que popu­lar, es popu­lista, con un fuerte com­po­nente oli­gár­quico que deriva del modelo eco­nó­mico del “capi­ta­lismo de ami­gos”, en el que la con­di­ción para alcan­zar la for­tuna mate­rial no está vin­cu­lada a la ido­nei­dad, pro­duc­ti­vi­dad o habi­li­dad, sino a los lazos de amis­tad y ser­vi­lismo para con el poder (¿le sue­nan Báez o Ulloa?).

Iré al cace­ro­lazo por­que el kir­ch­ne­rismo, en su infi­nita arro­gan­cia, poli­tizó la ban­dera de los Dere­chos Huma­nos tras antes mono­po­li­zarla, con­vir­tién­dola de una causa natu­ral­mente noble a una causa ideológico-política de la que saca­ron pro­ve­cho los peo­res sátra­pas de nues­tro país. Así pues, los Dere­chos Huma­nos en la Argen­tina de hoy no son mucho más que un patri­mo­nio de delin­cuen­tes y ex terro­ris­tas, y ni se nos ocu­rra pen­sar que una víc­tima de éstos puede ampa­rarse en aquellos.

Iré al cace­ro­lazo por­que la inse­gu­ri­dad se apo­deró de las calles y llegó a nive­les into­le­ra­bles sin que se per­ciba volun­tad polí­tica alguna para con­tro­larla. Tene­mos un Estado bobo y obeso, que se cree capa­ci­tado para expro­piar y diri­gir empre­sas, pero que no es en ver­dad capaz siquiera de lle­var ade­lante con efi­cien­cia la fun­ción prin­ci­pal de todo Estado: mono­po­li­zar el uso de la fuerza para pro­te­ger a los ciudadanos.

Iré al cace­ro­lazo por­que estoy has­tiado de la hipo­cre­sía ofi­cial. En efecto, se horro­ri­zan desde sus coun­tries que la clase media se exprese gol­peando cace­ro­las, de manera espon­tá­nea y sin el “chori” ni la “Coca”; se escon­den tras sus guar­daes­pal­das cuando ase­gu­ran que la inse­gu­ri­dad es una “sen­sa­ción”; nos ase­gu­ran que la infla­ción es mínima, mien­tras los aho­rros de los argen­ti­nos se hacen tri­zas en cues­tión de meses (y encima, frente a tal pano­rama, no nos dejan refu­giar­nos en el dólar); se gol­pean el pecho por los Dere­chos Huma­nos mien­tras admi­ran a Fidel Cas­tro, se dan la mano con dic­ta­do­res afri­ca­nos y reivin­di­can a las orga­ni­za­cio­nes terro­ris­tas de los años ‘70; nos hablan de redis­tri­buir la riqueza pero la suya ni se les ocu­rre tocar; nos piden que nos pesi­fi­que­mos mien­tras ellos con­ti­núan dola­ri­za­dos hasta las orejas…

Iré al cace­ro­lazo por­que quiero un país repu­bli­cano, sin jue­ces que se pros­ti­tu­yan al poder polí­tico y sin Pro­cu­ra­do­res Gene­ra­les como Reposo que, tras haberse defi­nido como “sol­dado de Cris­tina”, ahora para ganarse el cargo pre­tenda que le crea­mos que será inde­pen­diente en el puesto.

Iré al cace­ro­lazo por­que me tiene can­sado el cli­ché del “54%”. La demo­cra­cia no es una cues­tión mera­mente cuan­ti­ta­tiva, sino que tam­bién es, y no menos impor­tante, un sis­tema de res­peto a las mino­rías. Haber sacado el 54% de los votos no los habi­lita para con­ver­tirse en dictadores.

Iré al cace­ro­lazo por­que no acepto la inmo­ra­li­dad de tener en la Argen­tina una caterva de “perio­dis­tas mili­tan­tes” (léase, perio­dis­tas que hacen las veces de fel­pudo ofi­cia­lista) que lle­ven ade­lante su mili­tan­cia mediá­tica finan­cián­dose con dinero del pue­blo. Des­ti­nar apa­bu­llan­tes sumas del era­rio público para man­te­ner un pro­grama como 678, que mide menos de 3 pun­tos de rating, y que se cons­ti­tuye en una usina de irres­tricta (y ren­tada) defensa al gobierno y mani­fiesto adoc­tri­na­miento, es una inmo­ra­li­dad a todas luces.

Iré al cace­ro­lazo, final­mente, por­que me opongo al anacro­nismo juve­nil que pro­mo­vió el kir­ch­ne­rismo a tra­vés de lo que dio en lla­mar “La Cám­pora”, rejunte de jóve­nes radi­ca­li­za­dos que se cre­ye­ron el cuento de que esta­ban lla­ma­dos a ser los here­de­ros moder­nos de Mon­to­ne­ros, y adop­ta­ron modis­mos, cate­go­rías, dis­cur­sos e ideas que no se con­di­cen con los tiem­pos que corren. Los jóve­nes de argen­ti­nos esta­mos lla­ma­dos a ser mucho más que una ver­sión paró­dica de un grupo terro­rista del pasado.

Llegó el momento de dejar de callar y hacer­nos oír. Y quie­nes siem­pre han des­pre­ciado el diá­logo, cre­yén­dose que la polí­tica podía resu­mirse en sobre­ac­tua­dos y reite­ra­dos monó­lo­gos por Cadena Nacio­nal, esta vez no podrán dejar de escu­char el ruido de las cace­ro­las del hartazgo.

(*) Tiene 23 años y es autor del libro “Los mitos setentistas”.

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