Homenaje Al Estadista

“Esta­dista” en nues­tro idioma refiere al “hom­bre ver­sado en nego­cios de Estado”, hoy gene­ral­mente seña­lado como “polí­tico” por su voca­ción e inter­ven­ción en el “gobierno del Estado Nación”, la más de las veces sin hon­rar la volun­tad de sus repre­sen­ta­dos y sin apego a la supe­rior dig­ni­dad y hono­ra­bi­li­dad que demanda el “gobierno de la polis” (la política).

La visión inte­lec­tual de Aris­tó­te­les, el último gran filó­sofo griego de la anti­gue­dad, observó “que el cono­ci­miento de un mal inci­piente no es tarea de cual­quier hom­bre, sino del polí­tico” y por ello es con­di­ción exclu­siva para estos pro­fe­sio­na­les el domi­nio y prác­tica de una con­ven­cida mora­li­dad, si lo que se pre­tende es avan­zar hacia un ven­tu­roso por­ve­nir comu­ni­ta­rio. Nues­tro gene­ral Manuel Bel­grano, abo­gado, fun­cio­na­rio esta­tal del Virrei­nato, eco­no­mista, sol­dado defen­sor de Bue­nos Aires durante las inva­sio­nes ingle­sas, inte­grante de la Pri­mera Junta y difu­sor de la eman­ci­pa­ción de 1810 al ser­vi­cio de la naciente orga­ni­za­ción polí­tica del Río de la Plata, dejó incues­tio­na­ble evi­den­cia de sus afa­nes y sacri­fi­ca­das par­ti­ci­pa­cio­nes mediante su corres­pon­den­cia per­so­nal y el legado colec­cio­nado por la His­to­ria Argentina.

Entre sus car­tas, escri­bió a Mariano Moreno: “Mi amigo, todo se resiente de los vicios del anti­guo sis­tema, y como en él era con­di­ción sine qua non el robar, toda­vía quie­ren con­ti­nuar. Es de nece­si­dad que se abran mucho los ojos en todos los ramos de la admi­nis­tra­ción y se per­siga a los píca­ros por todas par­tes, por­que de otro modo, nada nos bastará”.

Acon­sejó, en esas ins­tan­cias, al gober­na­dor de Cór­doba: “Con­ti­núe ins­pi­rando el espí­ritu público que nos es tan nece­sa­rio, para que en los casos que se pre­sen­ten, halle la patria el fuego del patrio­tismo que he obser­vado por todas par­tes tan apagado”.

Con inte­li­gen­cia y pre­vi­sión advir­tió: “Nues­tros patrio­tas están reves­ti­dos de pasio­nes, y en par­ti­cu­lar, la de la ven­ganza; es pre­ciso con­te­nerla y pedir a Dios que la des­tie­rre, por­que de no, esto es de nunca aca­bar y jamás vere­mos la tranquilidad”.

Ante un nuevo aniver­sa­rio del falle­ci­miento de Manuel José Joa­quín del Cora­zón de Jesús Bel­grano, quien inter­vino en cir­cuns­tan­cias crí­ti­cas y situa­cio­nes lími­tes apor­tando sus sabe­res y expe­rien­cias con des­pren­di­miento per­so­nal, genio, dedi­ca­ción, voca­ción de ser­vi­cio y estra­té­gica visión de incues­tio­na­ble esta­dista, los ciu­da­da­nos de bien no pue­den menos que evo­car con sen­tido home­naje a este “abo­gado de pro­fe­sión”, “polí­tico por con­vic­ción” y “gene­ral por nece­si­dad ins­ti­tu­cio­nal de la patria naciente”. Su pro­pia apre­cia­ción acerca de sí mismo brinda ejem­plo de supe­rio­ri­dad ética y moral, tan nece­sa­ria en La Argen­tina de nues­tro tiempo: “Mucho me falta para ser un ver­da­dero padre de la patria, me con­ten­ta­ría con ser un buen hijo de ella”.

El tiempo pasó, los abu­sos de los malos polí­ti­cos desde el poder con­ti­nua­ron y reno­va­dos des­pro­pó­si­tos pro­du­cen con­se­cuen­cias que vuel­ven a moti­var la decep­cio­nada última excla­ma­ción del pró­cer, que data del año 1820: “¡Ay, patria mía!”.

¡Dema­siado tiempo!

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