Kirchnerismo hasta en la sopa

 

Mien­tras en Cañue­las acon­te­cía una ver­da­dera pue­blada que cla­maba por segu­ri­dad tras el doble cri­men que acabó con la vida de los her­ma­nos Massa, en la Casa Rosada todo era risas, aplau­sos y fes­te­jos. ¿Qué pro­vo­caba seme­jante alga­ra­bía en algu­nos, en tanto que otros, a pocos kiló­me­tros de dis­tan­cia, hacían público el dolor y el terror que a dia­rio los azota? La res­puesta es: unos insul­sos muñe­cos de trapo con la cara de la presidente.

Dicha res­puesta puede pare­cer poco vero­sí­mil y hasta tra­gi­có­mica, pero no es más que el reflejo per­fecto de las dos reali­da­des que tie­nen lugar en la Argen­tina de hoy: una, en la que habita la clase gober­nante, donde todo va de mara­vi­lla; la otra, en la que habita el grueso de la socie­dad, donde la vida se hace cada vez más difí­cil, cuando se sale a la calle no se sabe si se vuelve, y prác­ti­ca­mente ya no queda mar­gen para las risas.

Con todo el elenco seten­tista pre­sente (vale decir, aque­llos que han hecho de los dere­chos huma­nos un nego­cio) y los infal­ta­bles aplau­di­do­res de ofi­cio lis­tos para ova­cio­nar a su jefa, Cris­tina pre­sentó al país entero el nuevo feti­che lan­zado al mer­cado: unos muñe­cos de ella y su difunto marido hechos con tela rellena, que miden entre 25 y 35 cen­tí­me­tros, y que se encuen­tran a la venta en el Museo del Bicen­te­na­rio y en Internet.

Ade­más de Nés­tor y Cris­tina, tam­bién se comer­cia­li­zan los muñe­cos del Che Gue­vara, Fidel Cas­tro, Evo Mora­les y Hugo Chá­vez, entre otros… todos bue­nos mucha­chos en defi­ni­tiva que, por $65 (pre­cio poco “nacio­nal y popu­lar” a decir ver­dad por un rús­tico pedazo de trapo), pue­den estar en la mano de un niño o deco­rando un hogar.

Si bien el tema a sim­ple vista parece ser de una fri­vo­li­dad tal que no mere­ce­ría ni una sim­ple línea de refle­xión en torno suyo, la cues­tión deja de apa­re­cer como inofen­siva cuando la inte­gra­mos en una visión gene­ral de los esfuer­zos dedi­ca­dos por el kir­ch­ne­rismo a lo que cabría deno­mi­nar como su “bata­lla cultural”.

El pen­sa­dor mar­xista Anto­nio Gramsci se dife­ren­ció de Lenin ase­ve­rando que, antes que el poder polí­tico, lo impor­tante era la con­quista de la hege­mo­nía, para lo que se hacía nece­sa­rio una “agre­sión mole­cu­lar” con­tra la socie­dad civil que pasaba por la cul­tura y los medios de comu­ni­ca­ción más que por los fusi­les. La hege­mo­nía se lograba, pues, cuando vir­tual­mente ya nadie podía pen­sar por fuera del orden impuesto y, a la pos­tre, el pro­yecto polí­tico domi­nante no tenía alternativa.

Siguiendo los con­cep­tos de Gramsci, es evi­dente que lo que el kir­ch­ne­rismo detenta de por momento es hege­mo­nía a nivel polí­tico par­ti­da­rio. El débil papel (por no decir nulo) que tie­nen los par­ti­dos opo­si­to­res, que no logran encar­nar pro­pues­tas ideo­ló­gi­cas sus­tan­cial­mente dife­ren­tes a las del ofi­cia­lismo, cri­ti­cando siem­pre la forma y no el fondo de las cosas, son prueba de esto: no logran pen­sarse por fuera de las cate­go­rías polí­ti­cas hege­mó­ni­cas. Y tan así es, que la figura más fuerte de la opo­si­ción parece ser no un polí­tico, sino un perio­dista de inves­ti­ga­ción como Lanata.

Donde el kir­ch­ne­rismo no ha con­quis­tado la hege­mo­nía y, al con­tra­rio, en este último tiempo ha reci­bido varias cache­ta­das, es en la socie­dad civil, sec­tor al que Gramsci con­si­de­raba fun­da­men­tal y que se encon­traba antes que la socie­dad polí­tica en tér­mi­nos de prioridad.

Así pues, la “bata­lla cul­tu­ral” de Cris­tina para “con­quis­tar la socie­dad civil” pasa por la idea de que el kir­ch­ne­rismo debe estar pre­sente en todo momento y todo lugar. Es una idea que, más que auto­ri­ta­ria, roza lo tota­li­ta­rio. En efecto, no se con­forma con ocu­par espa­cios polí­ti­cos; debe lograr omni­pre­sen­cia a lo largo y ancho de los espa­cios socia­les en gene­ral, públi­cos y pri­va­dos: en el deporte, a tra­vés de las pro­pa­gan­das polí­ti­cas de “Fút­bol para Todos”, “Auto­mo­vi­lismo para Todos”, y de los barras bra­vas ren­ta­dos que des­plie­gan las ban­de­ras del kir­chen­rismo en las can­chas; en la inte­lec­tua­li­dad, a tra­vés del sub­ven­cio­nado “Carta Abierta”; en la música, ins­tru­yendo a diver­sos artis­tas para que le rin­dan plei­te­sía; en el perio­dismo, edi­fi­cando su pro­pio mono­po­lio comu­ni­ca­cio­nal; en el tele­vi­sor fami­liar, inte­rrum­piendo la pro­gra­ma­ción con ale­vosa fre­cuen­cia para decir­nos que nues­tro país es casi un paraíso terre­nal; en el diver­ti­mento de los niños, trans­mi­tiendo men­sa­jes polí­ti­cos a tra­vés de las cari­ca­tu­ras del canal Paka Paka; en la admi­nis­tra­ción pública con­tro­lada por La Cám­pora, haciendo correr peli­gro la con­ti­nui­dad labo­ral de los tra­ba­ja­do­res que no acep­tan mili­tar en el kir­ch­ne­rismo; y ahora hasta en los jugue­tes, pro­mo­viendo Cris­tina Kir­ch­ner misma la comer­cia­li­za­ción de una muñeca con su cara en pleno acto oficial.

Lo que inten­tan, en con­creto, es que ten­ga­mos kir­ch­ne­rismo hasta en la sopa, único camino que esti­man via­ble para la cons­truc­ción hege­mó­nica total.

(*) Tiene 23 años y es autor del libro “Los mitos setentistas”.

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