Entre la discriminación y la falta de respeto

 

Si algo quedó mar­cado de la edu­ca­ción reci­bida desde la infan­cia fue la acti­tud inte­gra­dora y res­pe­tuosa que se nos inculcó, esa de tra­tar a los demás con más res­peto aún que el que pudié­ra­mos exi­gir para con noso­tros. La dife­ren­cia, o más pre­ci­sa­mente, la defe­ren­cia, que podía­mos hacer o tener con alguien resi­día en el reco­no­ci­miento de su con­ducta per­so­nal, sus logros mora­les o pro­fe­sio­na­les, su sabi­du­ría o cual­quier otra vir­tud que ador­nase a esa per­sona. Es decir que la única dife­ren­cia per­mi­tida era aque­lla que mar­caba un ejem­plo a seguir.

En idén­tica forma se nos dejó en claro que – igua­les a los ojos de Dios – no debía­mos esta­ble­cer con­tras­tes con los demás por moti­vos de ima­gen o pre­sen­cia. Que una pér­dida oun defecto físico no podían jus­ti­fi­car su men­ción en son de burla o sorna. Que no podía­mos menos­ca­bar a quie­nes los sufrían o los sopor­ta­ban a efec­tos de cues­tio­nar sus creen­cias, opi­nio­nes, con­duc­tas o con­vic­cio­nes. Nues­tra edu­ca­ción negaba tam­bién que ello se pudiera atri­buir – como solían hacerlo supers­ti­cio­nes popu­la­res – a oscu­ras mar­cas “del dedo de Dios”.

Pen­sar que alguien, por ocu­par el cargo de mayor jerar­quía – y el que más poder detenta en el país – se puede per­mi­tir decir y hacer lo que le venga en ganas es una fala­cia que afecta al sen­tido mismo de la demo­cra­cia, por­que iden­ti­fica a quien debe ser su mayor defen­sor con la inequi­dad, la dis­cri­mi­na­ción y la falta de respeto.

La pre­si­dente, Cris­tina Fer­nán­dez, en su dis­curso de días pasa­dos lo ha hecho. No es fácil de expli­car el his­trio­nismo que últi­ma­mente mues­tra en sus dis­cur­sos o en esa suerte de show mediá­tico en cadena nacio­nal con que nos fas­ti­dia. Un pre­si­dente no tiene nin­guna obli­ga­ción de ser diver­tido, menos a costa de otra gente que – como toda la gente – merece respeto.

Hablando de lo bien que esta­mos aquí y de lo mal que la pasan los espa­ño­les, para gra­fi­car su estu­por y mar­car un res­pon­sa­ble de lo que sucede en la España, mos­tró un ejem­plar del dia­rio “El País” con la foto del minis­tro de eco­no­mía espa­ñol Luis de Guin­dos, mien­tras decía: “Uste­des saben que la Unión Euro­pea ha inter­ve­nido el Banco Cen­tral. Y ahí está el pelado con el dedo seña­lando… ”.

A de Guin­dos se lo puede cues­tio­nar por muchas cosas o no, lo que no se puede es mon­tarse en su cal­vi­cie para tra­tarlo de pelado. De ser así el Frente para la Vic­to­ria debe­ría tener un car­tel que advir­tiera: “pela­dos abs­te­nerse”.

De haberlo dicho un polí­tico de la opo­si­ción esta­ría siendo que­re­llado por el INADI en vir­tud de expre­sio­nes discriminatorias.

Nadie es más o menos capaz por la can­ti­dad de pelos que tenga. A Luis de Guin­dos se lo podrá que­rer, odiar u olvi­dar, lle­gado el caso, pero no se lo puede cues­tio­nar por aque­llo que el viento le llevó, eso no es defecto, que defecto son otras cosas, en este caso la arro­gan­cia, la pre­po­ten­cia y el des­pre­cio hacia los demás.

Si Luis de Guin­dos en vez de pelado hubiese sido bizco. ¿Qué se le habría ocu­rrido para lograr aplausos?

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