Meta-mensajes y Saqueos Escondidos

 

“Para hacer la paz se nece­si­tan, por lo menos, dos; mas, para hacer la gue­rra, basta uno solo”

Nevi­lle Chamberlain

La semana pasada cometí un serio error de comu­ni­ca­ción: anun­cié mi lan­za­miento a la arena polí­tica en el penúl­timo párrafo de mi extensa edi­to­rial habi­tual, lo que hizo –según me con­ta­ron varios lec­to­res– que pasara casi desa­per­ci­bida; como prin­ci­pio de pla­ta­forma, uti­li­za­ría, dije, la enun­ciada en “La Argen­tina que quiero” , sobre lo cual ruego su opi­nión (para leerla, basta con pin­char en el link). En la pró­xima nota, si el Gobierno no genera nue­vos hechos que lo impi­dan, vol­veré sobre el tema.

Hace unos días, se reiteró la inve­te­rada cos­tum­bre del ofi­cia­lismo de tapar un escán­dalo con otro, más actual y en gene­ral mayor. Así suce­dió, por ejem­plo, con la tar­jeta SUBE, que logró opa­car algo tan enorme como el affaire Cic­cone y, sobre todo, la injus­ti­fi­ca­ble per­ma­nen­cia del Vice­pre­si­dente de la Nación en su cargo.

Esta vez, en el marco de la cre­ciente inci­den­cia de la inse­gu­ri­dad en las preo­cu­pa­cio­nes ciu­da­da­nas, fue este nuevo engen­dro de la pre­ten­dida reso­cia­li­za­ción de los pre­sos más peli­gro­sos en pre­sun­tas acti­vi­da­des cul­tu­ra­les orga­ni­za­das por el Vata­yón Mili­tante, la nueva divi­sión de nego­cios de La Cám­pora, con la explí­cita par­ti­ci­pa­ción de Víc­tor Hor­tel, miem­bro de ésta y jefe del Ser­vi­cio Peni­ten­cia­rio Federal.

Es en este punto, el des­cu­bri­miento perio­dís­tico de estos hechos, es cuando apa­re­cen mis dife­ren­cias con lo difun­dido por los medios. No creo, en abso­luto, en que se haya debido a la casua­li­dad o a la inad­ver­ten­cia de quien grabó un video. Muy por el con­tra­rio, creo que estos hechos fue­ron dados a cono­cer con pre­me­di­ta­ción y mucha alevosía.

El cris­ti­nismo envió, con­jun­ta­mente con las imá­ge­nes tras­mi­ti­das a man­salva por tele­vi­sión y comen­ta­das hasta el har­tazgo en los dia­rios y revis­tas, un meta-mensaje muy claro a la cla­ses media y alta argen­tina, esas que, tra­di­cio­nal­mente, le han sido esqui­vas, sobre todo en la ciu­dad de Bue­nos Aires: “Pode­mos todo, hasta sacar de la cár­cel a los pre­sos más peli­gro­sos y no tene­mos límite alguno. Si fuera nece­sa­rio los arma­re­mos y los uti­li­za­re­mos como fuer­zas de cho­que para impo­ner­nos y con­ser­var el poder”. Recor­de­mos que La Cám­pora tam­bién con­trola el Regis­tro Nacio­nal de Armas.

Exac­ta­mente el mismo meta-mensaje, aun­que de forma más sutil, envió la señora Pre­si­dente la semana pasada desde su atril pre­fe­rido en la Casa Rosada, cuando exaltó la figura y el com­por­ta­miento de los barra-bravas. Basta recor­dar, para veri­fi­car este aserto, que el ofi­cia­lismo orga­nizó, hace dos años, una fallida ONG a la que llamó “Hin­cha­das Uni­das Argen­ti­nas”, coman­dada por un tal Mar­celo Mallo, tam­bién de La Cám­pora, que per­mi­tió trans­fe­rir a esas ban­das de delin­cuen­tes ingen­tes fon­dos públi­cos a cam­bio del des­plie­gue de ban­de­ras kir­ch­ne­ris­tas en los esta­dios y hasta pagar el viaje de dos­cien­tos cin­cuenta de ellos al Mun­dial de Sudá­frica, sumando otro enorme pape­lón a nues­tro mal­tre­cho pres­ti­gio internacional.

Así, ase­si­nos, vio­la­do­res, tra­fi­can­tes de dro­gas y hasta “que­ma­do­res” de muje­res se han con­ver­tido en la nueva “mano de obra ociosa” del Gobierno, que ya ha entre­nado en esas tareas a la gente de D’Elía (¿se acuerda cuando desa­lojó a trom­pa­das la Plaza de Mayo?) y de Pér­sico. Si a ese cua­dro le suma­mos a los mili­tan­tes del Movi­miento Tupac Amaru, de Mila­gro Sala, que el vier­nes mismo, dando mues­tras de un excep­cio­nal coraje, gol­pea­ron entre diez a los tres perio­dis­tas de la pro­duc­ción de Jorge Lanata, a los cua­les roba­ron, ade­más, los equi­pos de fil­ma­ción que no con­si­guie­ron rom­per, tene­mos el combo ideal.

Como se dice, el cua­dro de inti­mi­da­ción per­fecto, para apre­tar más y a futuro a una socie­dad entera –los más pobres la sufren más– que ya está ate­rrada por la inse­gu­ri­dad coti­diana, esa que parece no exis­tir por la falta de men­ción en los gigan­tes­cos y abu­rri­dí­si­mos dis­cur­sos presidenciales.

Obvia­mente, el segundo “suceso argen­tino” de la semana fue el pago del último tramo del Boden 2012.

Más allá de los aná­li­sis his­tó­ri­cos que des­min­tie­ron y des­mon­ta­ron cada ladri­llazo del falso relato de doña Cris­tina en la Bolsa de Comer­cio de Bue­nos Aires, que mos­tra­ron cuán­tos de dichos bonos fue­ron emi­ti­dos por don Nés­tor (q. e.p. d.), o de la reper­cu­sión de ese pago en el nivel de las dis­fra­za­das reser­vas del Banco Cen­tral, algu­nas pre­gun­tas comen­za­ron a mar­ti­llar en mi cabeza.

¿Por qué, para jun­tar los dóla­res nece­sa­rios para pagar nada más que dos mil dos­cien­tos millo­nes de ese ven­ci­miento, se impuso el bru­tal cepo cam­bia­rio que ha lle­vado al estan­ca­miento de nues­tra eco­no­mía por la falta de insu­mos impor­ta­dos? ¿Por qué impo­ner tamaño sacri­fi­cio al futuro inme­diato si sólo se tra­taba de pagar a algu­nos ban­cos extran­je­ros que, de todas mane­ras, nos siguen con­si­de­rando téc­ni­ca­mente en default por las deu­das con los hol­douts, con el Club de Paris y con quie­nes nos ven­cie­ron en el Ciadi? ¿Mejoró en algo nues­tro riesgo-país, que supera al de Vene­zuela y más que duplica al espa­ñol? ¿Por qué esa mani­fiesta deses­pe­ra­ción por pagar –en teo­ría– a los “fon­dos bui­tre” y, sobre todo, por qué fes­te­jar tanto el pago? ¿No es mayor la cifra que ha se gas­tado en Aero­lí­neas Argen­ti­nas –por cierto, bajo el exclu­sivo poder de La Cám­pora y sin con­trol de nin­gún tipo– sin hacer tanta alharaca?

Es cierto que, en la lista de acree­do­res que regis­tra­ron sus tenen­cias de Boden 2012 a los efec­tos de su pago figu­ran muchos ban­cos, pero no es menos cierto que éstos asu­men, en tal caso, el papel de repre­sen­tan­tes de los ver­da­de­ros titu­la­res de los bonos, quie­nes les enco­mien­dan la ges­tión y, con ello, per­ma­ne­cen ocul­tos a la luz pública.

Por­que, si los ban­cos fue­ran los ver­da­de­ros titu­la­res y si estos títu­los públi­cos fue­ron emi­ti­dos por un país que tiene tamaño riesgo-país –más de 1.100 pun­tos bási­cos– que le impide todo acceso a esos mis­mos ban­cos que se pre­sen­ta­ron a la hora de cobrar­los, ¿cómo habrían jus­ti­fi­cado los geren­tes que deci­den las inver­sio­nes su com­pra frente a sus pro­pios direc­to­rios? Es cierto que la tasa efec­tiva era enorme y que las can­ti­da­des en juego no eran gran­des, pero ¿cómo expli­car la com­pra de pape­les de un país tan exce­si­va­mente ries­goso, al cual nadie acepta pres­tarle plata? ¿No están algu­nos de esos pre­sun­tos acree­do­res tra­tando de cobrar en todos los tri­bu­na­les hace más de diez años sus créditos?

Y empie­zan apa­re­cer, a par­tir de esas razo­na­bles inquie­tu­des, las res­pues­tas ocul­tas. Sólo quien sabía que esos bonos se paga­rían a cual­quier pre­cio, aún a costa de sacri­fi­car toda la eco­no­mía argen­tina si fuera nece­sa­rio, los habría com­prado. Y, al ser cobra­dos, resulta lógico que lo cele­brase rui­do­sa­mente, haciendo una ver­da­dera fiesta. Ahora, res­pón­dase a usted mismo: ¿quién sabía, con tal grado de cer­teza, que ello ocu­rri­ría, ya que dis­po­nía del poder nece­sa­rio para lograrlo?

Si mi razo­na­miento fuera correcto, esta­ría­mos ante el peor aten­tado con­tra la Argen­tina de toda su his­to­ria, por las con­se­cuen­cias que las medi­das ten­dien­tes a ase­gu­rar los dóla­res nece­sa­rios para la can­ce­la­ción ya ha traído apa­re­ja­das. Esas con­se­cuen­cias son fácil­mente iden­ti­fi­ca­bles: se lla­man infla­ción, pobreza, mise­ria, estan­ca­miento, des­em­pleo, inse­gu­ri­dad, con­sumo de dro­gas, vio­len­cia, ham­bre; y sus efec­tos serán prolongados.

¿Es este el “pro­gre­sismo” que defien­den desde Carta Abierta hasta el Vata­yón Mili­tante, o desde el Par­tido Miles hasta los jóve­nes de Kolina? Muchos de quie­nes inte­gran estos colec­ti­vos son sin­ce­ros en su adhe­sión, y no pocos son inte­li­gen­tes y bien inten­cio­na­dos, pero ¿en nom­bre de qué ideo­lo­gía podrán jus­ti­fi­car este saqueo?

Con todo esto, el cris­ti­nismo no ha hecho más que con­fir­mar una pre­sun­ción escrita en 2005: a estos tipos no los desa­lo­ja­re­mos del poder ni siquiera con votos. Y para par­ti­ci­par de esa bata­lla, pre­ci­sa­mente, es que me he lan­zado a la arena política.

Autor: Enrique Guillermo Avogadro 

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