¿Vox populi, vox dei?

 

Mirando hacia varios paí­ses de Amé­rica Latina, Boli­via, Vene­zuela, Ecua­dor y, ya pode­mos incluir a la Argen­tina, nos damos cuenta que las mayo­rías no siem­pre tie­nen razón. Y eso, sin recu­rrir al ejem­plo para­dig­má­tico del voto mayo­ri­ta­rio, que per­mi­tió a Hitler lle­gar al poder.

Los gober­nan­tes de esos paí­ses, por acce­der a la pre­si­den­cia de la mano de la mayo­ría, creen que pue­den gober­nar como quie­ren, sin res­pe­tar las nor­mas demo­crá­ti­cas, sal­tando, una y otra vez, por encima de ellas. No se preo­cu­pa­ron, una vez lle­ga­dos al poder, por cómo debe gober­narse en un sis­tema democrático.

A las prue­bas me remito: en todos esos paí­ses, se intenta aca­llar la voz de la prensa independiente.

Evi­tar la tira­nía fue la preo­cu­pa­ción de los padres de la Cons­ti­tu­ción de 1853.

Hay valo­res que la socie­dad y los gober­nan­tes deben defen­der a toda costa, ellos están enun­cia­dos en ella. La con­cep­ción filo­só­fica que la hizo posi­ble es libe­ral: Todas sus dis­po­si­cio­nes tie­nen fe en la liber­tad, por eso, la limi­ta­ción del poder es con­di­ción nece­sa­ria para com­ba­tir la dictadura.

Los tira­nos hacen cola­bo­rar a la fuerza y aca­tar las medi­das anti­cons­ti­tu­cio­na­les en silen­cio. Dejan de res­pon­der por sus actos de gobierno, por lo tanto, tam­bién desis­ten de ser res­pon­sa­ble por ellos. Se con­vier­ten en gober­nan­tes omnis­cien­tes, pre­ten­diendo diri­gir la vida de los gober­na­dos, hasta el punto de olvi­dar uno de los dere­chos mas impor­tan­tes: el de for­jar el pro­pio des­tino, el tener, incluso, el dere­cho a equivocarse.

El deber del estado demo­crá­tico es reve­ren­ciar los dere­chos indi­vi­dua­les y garan­ti­zar­los, res­pe­tando la dig­ni­dad de las per­so­nas, de todas, no sola­mente la de la mayo­ría. Tam­bién, por ello, debe limi­tar la liber­tad, solo lo sufi­ciente, como para que no se pueda per­ju­di­car a los demás.

El hom­bre se deja impul­sar más por las pasio­nes que por la razón, pero, el sis­tema demo­crá­tico lleva a que se intente ser menos irra­cio­nal. Por ejem­plo, el hecho de que haya liber­tad de prensa per­mite, que todas las opi­nio­nes sal­gan a la pales­tra. Acepta la crí­tica de las accio­nes del gobierno y ayuda, de este modo, a mejo­rar­las por medio de mejo­res propuestas.

Sin liber­tad para com­par­tir lo que pen­sa­mos no pode­mos lle­var a la prác­tica nues­tras ideas, nece­si­ta­mos, tam­bién, de la crí­tica, para poder cam­biar­las o corregirlas.

Es indis­pen­sa­ble que la opi­nión pública esté ins­ti­tu­cio­na­li­zada o sea per­mi­tida por el poder polí­tico. Nece­si­ta­mos de las razo­nes que ava­lan una opi­nión y de las que la refu­tan. Así se pro­gresa y aprende, como sucede, tam­bién, en el campo científico.

Vemos, con qué lige­reza los gober­nan­tes auto­ri­ta­rios de Amé­rica Latina, se pren­den del micró­fono, en acti­tud anti­so­crá­tica, pre­ten­diendo saberlo y expli­carlo todo, olvi­dando, que los seres huma­nos nos move­mos den­tro del terreno de la con­je­tura. Debie­ran ser mucho más humil­des, per­mi­tir el disenso, y con­tras­tar sus opi­nio­nes con la realidad.

Karl Pop­per defi­nió lo deci­sivo en una demo­cra­cia: la posi­bi­li­dad de des­ti­tuir al gobierno sin derra­ma­miento de san­gre, por medio del voto.

Todo gobierno que puede ser derro­cado con­serva un fuerte estí­mulo para actuar de manera que satis­faga a la gente. Y ese esti­mulo des­a­pa­rece cuando el gobierno sabe que no se lo puede des­ti­tuir fácilmente.

Es por eso, que los gobier­nos lati­noa­me­ri­ca­nos, inten­tando per­pe­tuarse en el poder, debi­li­tan los pila­res de la demo­cra­cia: la opi­nión pública y el sis­tema de par­ti­dos. Cam­bian, una vez lle­ga­dos al poder, la filo­so­fía libe­ral por una nacional-socialista, inter­ven­cio­nista, esta­tista. De esta manera dejan a la socie­dad sin auto­de­fensa, sumando, para con­se­guirlo, la tec­no­lo­gía moderna que les pro­por­ciona el Estado.

Lle­van a la eco­no­mía a los vie­jos esque­mas, donde las empre­sas ope­ran ais­la­das de la com­pe­ten­cia y con res­tric­cio­nes a la impor­ta­ción y a la exportación.

El Estado deja de ser garante del dere­cho de libre comer­cio para pro­pi­ciar una eco­no­mía cerrada, vol­cada hacia el mer­cado interno, sofo­cando la ini­cia­tiva privada.

El fra­caso, en todos los casos, se hace sen­tir con sobre-exigencia de la socie­dad hacia el gobierno, en mate­ria de polí­ti­cas socia­les y de ingresos.

Ade­más, con estas polí­ti­cas de redis­tri­bu­ción esta­tal, se pre­tende repar­tir sin que aumente la pro­duc­ción y la pro­duc­ti­vi­dad, las cua­les, sin inyec­ción de capi­tal, son imposibles.

A pesar de todo somos muchos los opti­mis­tas: el futuro está abierto de par en par y depende de nosotros.

La Cons­ti­tu­ción per­mite resis­tir a un régi­men polí­tico injusto, a una tira­nía que no res­pete la liber­tad y otros impor­tan­tes dere­chos indi­vi­dua­les, que per­mi­ten el desa­rro­llo pleno de las personas.

Los pre­si­den­tes auto­ri­ta­rios o en vías de serlo, olvi­dan que en Amé­rica Latina, hay ejem­plos de paí­ses más exi­to­sos por­que han dejado de desear lo nocivo: el Estado de Bie­nes­tar. Éste, opaca la liber­tad y crea­ti­vi­dad humana con su canto de sirena, resu­mido en que se debe espe­rar todo del Estado. Se han per­ca­tado que por ese camino se llega a la dic­ta­dura, a la pér­dida del más impor­tante de los valo­res: la libertad.

No es fácil ser libre, uno es res­pon­sa­ble de sus elec­cio­nes, debe cons­truirse por sí mismo pero, es mucho mejor, que depen­der de un Estado, el cual, en nom­bre de satis­fa­cer las nece­si­da­des de las per­so­nas, se apro­pia de sus vidas y de su liber­tad, con­vir­tién­do­las en ove­jas, a las que puede mani­pu­lar a su antojo.

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