La bipolar

La paté­tica carta de Cris­tina Kir­ch­ner al Papa Fran­cisco por el Día del Pon­tí­fice se ins­cribe en una serie de estu­pi­de­ces pre­si­den­cia­les que se han ido suce­diendo en los últi­mos años y poten­ciado en los últi­mos meses. No es la pri­mera ni será la última san­dez, pero evi­den­cia a las cla­ras un viraje en el orden del dis­curso polí­tico que resulta nece­sa­rio de analizar.

En el best-seller La auda­cia y el cálculo, Bea­triz Sarlo dedicó algu­nas pági­nas a des­en­tra­ñar el dis­curso kir­ch­ne­rista, y en esa opor­tu­ni­dad sos­tuvo que “Cris­tina lle­vaba ade­lante el dis­curso argu­men­ta­tivo y Nés­tor el con­fron­ta­tivo. La retó­rica de la razón y la retó­rica de la pasión habían cam­biado sus luga­res tra­di­cio­na­les. La mujer argu­men­taba, mien­tras el hom­bre se enojaba, se ponía ner­vioso, mos­traba sus pasio­nes”. Pero la muerte de Kir­ch­ner empezó a tras­to­car este equi­li­brio con­yu­gal: el dis­curso kir­ch­ne­rista corría el peli­gro de anclarse en el eli­tismo de una retó­rica ela­bo­rada y cui­dada que, con pre­ten­sio­nes peda­gó­gi­cas, carac­te­ri­zaba las enun­cia­cio­nes polí­ti­cas de Cristina.

La alter­na­tiva esco­gida frente a este dilema se ha trans­for­mado más en un pro­blema que en una solu­ción. Cris­tina ha con­traído una bipo­la­ri­dad dis­cur­siva que la ilus­tra como una mujer des­equi­li­brada y per­tur­bada, pro­ta­go­nista de los ridícu­los más des­fa­cha­ta­dos que la hacen mere­ce­dora de los pri­me­ros luga­res en la lista de “man­da­ta­rios haz­me­rreír” del mundo. Basta con leer algu­nos perió­di­cos extran­je­ros para comprobarlo.

La bipo­la­ri­dad dis­cur­siva de Cris­tina Kir­ch­ner se estruc­tura en una inde­fi­ni­ción: ésta quiere ser a la vez “popu­lar”, a la vez “refi­nada”; a la vez “nacio­na­lista”, a la vez “glo­ba­li­zada”; a la vez “aca­dé­mica”, a la vez “mili­tante de barri­cada”; a la vez “ora­dora de Har­vard”, a la vez “ani­ma­dora de ker­messe”; a la vez Pre­si­dente, a la vez “doña Rosa”; a la vez “seten­tista”, a la vez “moderna”; a la vez “mujer cora­juda”, a la vez chi­qui­lina con “buena onda”. Pero situarse simul­tá­nea­mente en los opues­tos extre­mos de pares con­tra­dic­to­rios, desem­boca en un absurdo que dibuja a una Cris­tina carente de rumbo, desa­pe­gada de la reali­dad, y des­ubi­cada del tiempo y del espacio.

“Me man­da­ron un modelo de carta que pare­cía escrita de com­pro­miso pro­to­co­lar del siglo XIII. Les dije ¡eso no lo firmo! Así que me tomé la licen­cia de diri­girle una carta (acepté que fuera diri­gida a Su San­ti­dad bla, bla, bla, tam­poco es cues­tión de no acep­tar nada)”, escri­bió Cris­tina en su misiva a Fran­cisco, con una prosa ado­les­cente, más pro­pia de una quin­cea­ñera cha­teando con una amiga que de una supuesta abogada.

Esta lin­güís­tica de infanta cool ya la podía­mos adver­tir quie­nes segui­mos la acti­vi­dad de la Pre­si­dente por Twit­ter, desde que ésta tomó la deci­sión de mane­jar su cuenta ella misma y des­pla­zar a los “acar­to­na­dos” encar­ga­dos de la admi­nis­tra­ción de su usua­rio en la red social de los 140 carac­te­res. Algu­nos ejem­plos: “Leis­beth, me quiso lle­var a un salón espe­cial, pero yo pre­ferí ir a un baño. Why?”; “Alta, del­gada, bonita. Tam­bién estaba Ali­cia Cas­tro. Era­mos todas muje­res. Obvio, si está­ba­mos en el baño. Pero bueno, lo aclaro igual. Uno nunca sabe. A Rosaura, así se llama la chica, le pre­gunto como al pasar: Cuán­tos años tenés? Me con­testa: ‘48 años’. What? Parece de vein­ti­pico! Ali­cia le pre­gunta que tra­ta­miento hace. ‘Nin­guno’ con­testa. Agrego: ‘Gené­tica pura’”; “No lo puedo creer. What? Leo Tiempo Argen­tino ‘Cie­rran causa por polo gas­tro­nó­mico en la SRA’ (Soc. Rural Argen­tina)”. Cris­tina suele refe­rirse a sí misma hablando en ter­cera per­sona: “Che! Qué bueno esto del twit­ter… Y a esta qué le pasa? Lo des­cu­brió ahora des­pués de más de dos millo­nes de segui­do­res?”; “Pero si hablaste más de 50 minu­tos!!! Dale, hacela corta… ¿Que te olvi­daste CFK?”. En fin, son tan sólo algu­nas mues­tras de la bipo­la­ri­dad dis­cur­siva de la mandataria.

¿Pero a qué obe­dece seme­jan­tes ton­te­ras? Cris­tina Kir­ch­ner advir­tió que la muerte de su marido modi­ficó la per­cep­ción que res­pecto de su gobierno tenían, prin­ci­pal­mente, las muje­res y los jóve­nes (o al menos eso le dije­ron sus ase­so­res). Aqué­llas se soli­da­ri­za­ron con la viuda, en un gesto de “empa­tía feme­nina”; éstos encon­tra­ron cierta épica en el gobierno, vehi­cu­li­zada por el pro­ta­go­nismo que adqui­rió La Cám­pora. Así las cosas, Cris­tina pri­mero insis­tió hasta el har­tazgo con el dis­curso de “me hacen la vida impo­si­ble por mi con­di­ción de mujer”, y ahora juega a hacerse la chi­qui­lina escri­biendo boba­das y bai­lando el himno nacio­nal, como si la idio­tez fuese la con­di­ción natu­ral de la juven­tud. No hay que olvi­dar que, cuando Cris­tina Kir­ch­ner anun­ció su reelec­ción, dedicó a los jóve­nes un men­saje claro, con pre­ten­sio­nes épi­cas: “En esta etapa, mi rol debe ser con­ver­tirme en un puente entre generaciones”.

Como en el cuento titu­lado “El traje nuevo del empe­ra­dor”, ante la ridi­cu­lez bipo­lar de Cris­tina, el kir­ch­ne­rismo aguarda que alguien le avise a la reina que está desnuda.

(*) Es autor del libro Los Mitos Seten­tis­tas, y direc­tor del Cen­tro de Estu­dios LIBRE. En agosto publi­cará nuevo libro sobre el kir­ch­ne­rismo, en coau­to­ría con Nico­lás Már­quez.

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