Vida y secretos de Cristina Kirchner, la mujer que, en la cima del poder, sigue hablando desde Tolosa

Vida y secretos de Cristina Kirchner, la mujer que, en la cima del poder, sigue hablando desde Tolosa

Cristina Fernández (Sudamericana), de Laura Di Marco, reconstruye los lazos que unen la historia personal, familiar y política de la Presidenta. Aquí, un fragmento que incursiona en la infancia, la etapa menos conocida de su vida

El certificado de nacimiento asegura que Cristina Elisabet Fernández llegó al mundo el 19 de febrero de 1953, al mediodía. Pero no nació en un sanatorio ni en un hospital, sino en la casa de una partera. La comadre vivía a unas pocas cuadras de la precaria vivienda alquilada de la calle 4 y 32 en la que habitaba la familia de Ofelia Wilhelm, su mamá, quien por entonces era una joven de apenas veinticuatro años y estaba soltera.

El embarazo y la maternidad sin casamiento, a principio de los años cincuenta, fue un cimbronazo: un ramalazo de vergüenza para los Wilhelm, que lo vivieron como un escándalo y, al principio, hasta como una tragedia. La propia Presidenta le confesaría, muchos años más tarde, a Sandra Russo, su biógrafa oficial, que nadie en su familia se había tomado el trabajo de informarle sobre su condición de hija natural. Ella sola lo descubrió, comparando fechas, cuando ya era una mujer adulta y tenía sus propios hijos. […]

Los Wilhelm siempre habían sido pobres. Una carencia de la que sólo saldrían seis años más tarde gracias a Eduardo Fernández, que ya era propietario de un colectivo: todo un capital para la época. Los padres de Fernández, además, tenían vacas y algunas tierras en City Bell, un patrimonio que para la familia de Cristina era casi un sinónimo de riqueza. Fue él quien compró un terreno y luego construyó una casita americana para su nueva familia política en la 523 bis entre 7 y 8, un barrio para la clase media. Lo apodaban “el Colorado” por su color de piel, o “el Tarta” por sus problemas para expresarse.

Sin embargo, para aquel ascenso social todavía faltaba mucho en febrero de 1953. Eso recién se produciría hacia fines de 1958 junto con el casamiento del colectivero con Ofelia Wilhelm. La madre de Cristina se casó con Fernández embarazada de Gisele, su segunda hija, quien llegó al mundo el primer día de 1959.

Entonces, la Presidenta tenía casi seis años, y en marzo de aquel mismo año comenzaría la primaria en la humilde escuela 102 Dardo Rocha, de 7 y 32, junto con veintinueve chicos más. La escuelita, que empezó con apenas cinco aulas, estaba a tres cuadras de la casa materna. […]

La ciudad donde nació Cristina era, y de algún modo sigue siendo, mucho más conservadora que la Capital, con divisiones fijas y compartimentos estancos, tanto en la política como en el fútbol. Se trata de una sociedad binaria: se es de Gimnasia o de Estudiantes, peronista o radical, y no existen muchas más posibilidades. Un panorama sin grises que se contrapone con la diversidad de la Capital, donde las identidades están mucho más diluidas. […]

Ofelia Wilhelm tenía alrededor de veinte años cuando ingresó a la oficina de la Dirección General de Rentas del Ministerio de Economía de la provincia de Buenos Aires -actualmente, ARBA- y más tarde se haría sindicalista y secretaria general de su gremio, la Asociación de Empleados de Rentas e Inmobiliario (AERI). Dentro de la oficina del Registro de la Propiedad Inmueble estaba empleada en el área de Catastro. A los pocos años de entrar a esa oficina quedó embarazada.

Los años de la primera infancia de Cristina -y, en general, toda la época pre-Kirchner, en Tolosa- constituyen un período que la Presidenta, por razones que sólo ella conoce, ha guardado bajo siete llaves.

El primer misterio es si el padre oficial de la Presidenta, Eduardo Fernández, es efectivamente su padre biológico o si el colectivero fue quien años más tarde asumió esa paternidad.

En Tolosa y en ciertos círculos platenses -los que la Presidenta frecuentó durante su adolescencia y su juventud- está muy instalado el hecho de que el colectivero fue quien terminó reconociendo a la nena que Ofelia habría tenido con otro hombre, que no pudo o no quiso hacerse cargo. Eso podría explicar, en parte, que Fernández haya entrado oficialmente tan tarde a la historia de los Wilhelm: cuando se casó con Ofelia, Cristina estaba por cumplir los seis años.

“El drama de Cristina es ése, que el verdadero padre no la reconoció. Eso es lo que siempre ha circulado aquí”, admite la contadora Graciela Natoli, que fue su compañera del secundario en el colegio de Nuestra Señora de la Misericordia. La abogada Teresita Pérez Galimberti, una ex secretaria de la Justicia Electoral platense que integró el círculo de amigos de la Presidenta en la adolescencia, también confirma que la versión está fuertemente instalada en La Plata. Lo mismo sugirieron algunos hijos de los socios de Fernández, en la línea 273, en la que el marido de Ofelia llegó a tener tres unidades. […]

Lo primero que llama la atención en la infancia de la Presidenta -plagada de hermetismo, misterios y secretos- es que haya nacido en la casa de una partera. ¿Sería ésta una costumbre de la época?

Tal es la explicación que Ofelia Wilhelm da en el libro Reina Cristina, la primera biografía autorizada de Cristina Fernández, ante la pregunta de su autora, que se muestra sorprendida por el dato. “Qué disparate, por supuesto que no era la costumbre de la época. Mi hijo nació en el mismo año que Cristina; fue al mismo colegio primario y nació en el Hospital Italiano, aquí en La Plata. Todos los chicos nacían en un sanatorio, si tenías mucha plata, o en un hospital público, si no la tenías. A la partera iban los que estaban de trampa: los abortos y las madres solteras”, asegura un hombre de la generación de Ofelia cuyos hijos fueron a la escuela primaria con Cristina. El hombre, que en 2014 tiene ochenta y cinco años, compartió toda la primera infancia de la Presidenta, entre fines de los años cincuenta -cuando los hijos entraron a primer grado- y mediados de los sesenta, cuando egresaron.

Otro dato llama la atención: todas las biografías, autorizadas o no, registran que la segunda hija de Ofelia nació dos años después que Cristina y no seis, como realmente sucedió. El dato -que parece irrelevante- es replicado erróneamente en diversos artículos periodísticos de la prensa nacional y extranjera, como si hubiera existido un esfuerzo deliberado por parte de la Presidenta, y la información que ella misma proporcionó, en atenuar aquellos cincos años en los que, de niña, vivió como hija natural con la sola compañía de su mamá, su tía y su abuelo.

Está claro que si la diferencia fuera de apenas dos años en lugar de seis, el margen para instalar la duda sobre la paternidad de Fernández también resulta menor.

En el círculo más íntimo de la Presidenta en La Plata, aquel donde ella pasó su infancia, su adolescencia y su primera juventud, e incluso entre los hijos de los socios de Fernández de la línea 273, circulan dos hipótesis. La primera, que es la que sostienen los Wilhelm-Fernández, es que el colectivero efectivamente es el padre biológico pero que, al no estar convencido de la relación con Ofelia, tardó cinco años en reconocer a su hija y formalizar la familia. Quienes abonan esta teoría señalan que, en principio, la relación entre Ofelia y Fernández se planteó como fugaz, algo común entre los colectiveros de la época, como reconstruirán más adelante los hijos de sus socios en la compañía de colectivos que unía La Plata con City Bell.

Ésta es la versión oficial y la que sostiene también el primer novio de la Presidenta, Raúl “el Lagarto” Cafferata, un ex rugbier del club San Luis, cuya familia pertenecía a la burguesía platense. Una pequeña burguesía de empresarios y profesionales con aspiraciones aristocráticas que sólo estaban en la fantasía de aquellas familias que se creían más de lo que eran. La presidenta y Cafferata tuvieron un noviazgo de cinco años, que empezó cuando Cristina tenía dieciséis, una relación que significó para aquella chica de Tolosa un enorme ascenso social, tal como Eduardo Fernández había significado para su madre. Para tener una primera aproximación, digamos que el mejor amigo de Cafferata era y sigue siendo el embajador en España, Carlos Bettini, cuya abuela María Mercedes Hourquebie de Francese era viuda de un constructor y dueña de una de las grandes fortunas platenses. Bettini y Cafferata eran compañeros en el exclusivo colegio San Luis y también jugaban juntos al rugby en el club del mismo nombre.

“La gran duda es si Eduardo es el verdadero padre -desliza el ex jugador de rugby, en reuniones con sus amigos platenses, cuando le preguntan por esta enigmática historia-, y ante esto lo que yo realmente creo es que sí lo es. Terminé convenciéndome de que embarazó a Ofelia dentro de una relación que no le convencía y después termina casándose por mandato social. Eduardo era tartamudo, y era muy tartamudo cuando se sentía bajo presión. Se manifestaba mucho cuando estaba en su casa, pero no cuando estaba afuera.” […]

Entrevistada para este libro, una de las hermanas de Eduardo Fernández, Sara, da algunas pistas que sirven para completar el rompecabezas. Confirma, en principio, que Ofelia y Fernández se conocieron arriba de un colectivo que manejaba su hermano y, además, que la Presidenta canceló todo contacto con la familia Fernández cuando el colectivero falleció, en 1982.

Sigue Sara Fernández: “En la casa de Ofelia no se podía hablar ni de fútbol ni de política porque volaban los platos por todos lados. Cristina dejó de tener contacto con la familia paterna desde que murió Eduardo. La Presidenta es muy solitaria y ésa es la razón, creo yo, por la cual dejó de tener contacto con nosotros. Tampoco habla nunca acerca de nosotros, y eso que habla…”

En la casa de Ofelia “volaban los platos”, como dice la tía Sara, porque los bandos estaban enfrentados: Eduardo era radical y de Estudiantes, mientras que Ofelia era de Gimnasia y peronista. Lo que se llama una explosiva sociedad de crianza. La propia Cristina, con su historia editada y con cuentagotas, también dio pistas, a su estilo, de que la relación entre ella y su padre siempre había sido conflictiva, al revés de lo que sucedía con su hermana Gisele. A Sandra Russo le dijo: “Papá la adoraba [a mi hermana], y ella lo adoraba a él. Fue un padre muy distinto con Gisele”. Luego, su biógrafa completaría con una percepción propia: “Su padre era distante. Y cuando Cristina habla de él, esa distancia vuelve”. Más adelante asegura que Fernández no era físicamente cariñoso y que, según Cristina, era mujeriego. Descripción que respaldan, e incluso amplían, los hijos de los socios del colectivero ubicándola entre las “costumbres de la época” y los “gajes del oficio” de manejar micros en un suburbio en los años cincuenta y sesenta.

“Los colectiveros eran todos mujeriegos porque arriba del colectivo era habitual conocer a muchas chicas de la zona que viajaban todos los días. Ninguno tenía una sola mujer. Mi padre, por ejemplo, tuvo cinco esposas. Yo soy hijo de una y mis hermanas de otras dos. El problema es que era una época con códigos de silencio. Y el silencio que hicieron los viejos provocó que la verdadera historia no fuera transmitida a los hijos. Los viejos se llevaron todos los secretos a la tumba, ésa es la verdad”, interpreta Santiago Alico, hijo de Carmelo Antonello Alico, uno de los socios de Fernández. Alico hijo nació en 1937 y es el hijo mayor de Carmelo. “En La Plata siempre hubo historias con respecto a la verdadera paternidad de Cristina -dice-. Ofelia era muy agraciada cuando era joven y llegó a tener un cargo alto en Rentas. Llegó a jefa. Una de las historias dice que tuvo un romance con un señor de allí y fruto de ese romance nació Cristina. Esas cosas sucedían en aquella época, como en cualquier otra: la diferencia era que nadie hablaba de «eso»”, completa Alico. […]

La segunda hipótesis es que efectivamente Cristina es fruto de una relación casual de Ofelia Wilhelm, y que el colectivero se habría hecho cargo unos años más tarde, como suele suceder en estos casos.

Hay teorías descabelladas sobre quién podría ser el verdadero padre de la Presidenta -incluso, algunas han circulado en libros o notas por Internet- que de tan disparatadas ni vale la pena mencionar.

Sin embargo, hay una en particular que cobra verosimilitud por varias razones. La más importante es que las piezas del rompecabezas encajan y que la propia hija del hombre que podría ser el padre biológico de la Presidenta creció convencida de ser su media hermana cuando Cristina estaba muy lejos de algún poder o riqueza sino que, por el contrario, era una chica desconocida, de un suburbio. […]

Las fuentes platenses adjudican la paternidad biológica a un compañero de trabajo que Ofelia Wilhelm tenía en Rentas, a principios de los años cincuenta. Su nombre es Florencio Lattaro y falleció hace más de cuarenta años, en 1972, mientras Cristina estudiaba Psicología en la UNLP. Lattaro era buen mozo, soltero y “picaflor”. Así lo describieron para este libro algunos platenses de esa generación, que fueron empleados de aquella oficina y que conocieron detalles de la trama. Una trama que, en la ciudad de origen de Cristina está muy instalada. […]

Lo curioso es que Lattaro era radical y de Estudiantes, como el colectivero. Y también, como él, falleció de una enfermedad cardíaca causada por lo mucho que fumaba. La única diferencia entre ambos es que Lattaro falleció del corazón y Fernández de cáncer de pulmón. Siguiendo el hilo de la versión platense, el hombre no habría querido reconocer a la beba de Ofelia y, años más tarde, se casó con otra mujer, con quien tuvo una única hija, Emilce. […]

La gran pregunta es: ¿por qué Lattaro no reconoció a Cristina? Y la respuesta que dan en los círculos platenses es coincidente: “Porque no estaba seguro de que fuera hija suya”.

El hombre empezó a salir, al tiempo, con la madre de Emilce, que también quedó embarazada durante el noviazgo. La diferencia, en este caso, fue que se terminó casando con ella en el octavo mes de gestación. Tener que casarse embarazada fue para la mujer de Lattaro una herida que nunca terminó de superar, aseguran en el entorno de esa familia, en La Plata, que sigue siendo un pueblo grande.

Finalmente, Fernández y Lattaro eran dos hombres con mucho en común: ambos eran radicales, ambos eran de Estudiantes y ambos disfrutaban de coleccionar amores fugaces con las mujeres que la vida les ponía por delante. Los dos fumaban mucho, los dos murieron por el cigarrillo y, tal vez lo más importante, en distintos momentos de la vida los dos quisieron a una misma mujer.

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