“S.O.S. ARGENTINA!”

 

Confusión, desilusión y pesimismo son los elementos para que nuevos demagogos asciendan a la escena política

Por Pepe Beru

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Como muchas veces hemos dicho,  Argentina no es una isla en el mundo y cada acontecimiento que lo sacude tarde o temprano le toca a ella, poniendo a sus habitantes a tono con la cruda realidad inmisericorde que les circunda.  Es un país con una situación geoestratégica central y pese a que sus dirigencias se han avocado a llenarse los bolsillos por el término que duran sus cargos, los recursos del país parecen inacabables. Es por ello que cuando se escucha a algunos “periodistas” decir que “este es el peor país del mundo”, hay que advertirles que simplemente se trata de una mentira injuriosa que tiene interesados fines para los cuales aquel sirve.

Es un país con mucho de bueno pero también con particularidades muy nocivas para sus propios intereses. Uno de sus principales problemas radica en su cíclica y nada renovada dirigencia política la cual a su vez, se entrelaza con una cadena de medios informativos empresariales que están al servicio de cualquiera que se halle en el poder de turno.  Sus partidos políticos son piezas de museo que más bien son mausoleos donde yacen no solo los restos de sus fundadores, sino también los ideales que aquellos impulsaron.

De ese modo el PJ con todas sus ramas y rimbomantes escudos, no son más que un cartón mohoso  que ninguno de sus dirigentes –si es que queda alguno-  le interesa limpiar.  Lo mismo podríamos decir del “Partido Radical”  que en razón de verdad, ya había desaparecido con la presidencia “social demócrata” de Raúl Alfonsín y su seudo-bolchevique Coordinadora que pudo acceder al poder por las condiciones que externamente se digitaron.

La izquierda nacional no es mucho mejor. De los delirantes sectores Troskistas y Mahoistas pasando por los “Comunistas” más intelectuales hasta los camaleónicos “socialistas”, nunca han logrado conformar un frente común por sus infantiles mezquindades.   Incluso aún subsisten afiebrados cerebros que sueñan con establecer “soviets”  mediante la eliminación de la propiedad privada y a la clase burguesa sin haberse reparado a meditar, que además que eso fue un embuste fallido de la historia, no hay las condiciones socio-político y de idiosincrasia que propicie una movilización semejante, salvo y es obligación señalar, las “operaciones” que vienen realizando agrupaciones indigenistas que son sustentadas desde Londres por el Foreing Office .

En Argentina hay una crisis mucho más amplia y preocupante que la acostumbrada problemática económica que vuelve de cuando en cuando a recordar el karma que deben pagar por ser quienes son, “argentinos” con todo lo que ello conlleva.  La crisis de identidad lejos de haberse olvidado como lo dijeron en algún momento los “popes” de esa clase política corrupta,  está más presente y traumática que nunca.  Y han sido y siguen siendo los mismos argentinos quienes se hunden en esta realidad repleta de contradicciones e incongruencias que ellos mismos alimentan; al momento que suelen agarrarse la cabeza para preguntarse por qué me pasa esto o por qué los precios se han disparado a la nubes o, por qué han matado a mi hijo, a mi marido o a un ser querido o por qué no hay justicia; se olvidan que ellos mismos –o al menos la gran mayoría- le han “entregado su confianza a candidatos tan ineptos como corruptos” que han sido parte del gran problema que los aqueja sin solución de continuidad.

Los impresentables de ayer se hacen nuevamente presentes para apostar a una nueva estafa con la cual redoblar su propio asombro.  Y es que como dice el dicho “no es el chancho sino quien le da de comer”, así podemos describir a la idiosincrasia argenta que no parece reparar en sus tropiezos una y otra vez al momento de involucrarse en la realidad política que les rodea.  Militaristas liberales en la década de los setentas con el amparo de Washington y el cuco del “comunismo”, a “demócratas” en los ochentas con el amparo de aquellos mismos y de allí embelesados con un Menem  que alucinaban rubio y de ojos celestes se volvieron “neoliberales” en los noventas  siguiendo el guión que bajaba –nuevamente- del norte para volverse de la noche a la mañana en “revolucionarios” seudo-castristas que más bien se asemejaban a la película de Woody Allen “Bananas”.

A primera vista cualquiera podría decir que en Argentina no hay argentinos, pero eso es una falacia. Ante todo hay que discriminar –aunque ello no les guste a los progre de este país- entre habitantes de toda la nación y los denominados “porteños” o habitantes de la ciudad autónoma de Buenos Aires.  Los primeros han estado relegados de las decisiones políticas que hacen a las macro políticas de la nación. Los segundos, que han dado la espalda a esa realidad interior son los erróneos representantes de un país que ellos no representan. Esto es imprescindible para entender de donde sale esa mezcla de pro-europeismo sajón que más tarde se convirtió en el pro-norteamericanismo más chabacano y berreta que distingue a los argentinos que suelen caer en Miami.

Han sido décadas de degradación y de desintegración de los partidos políticos clásicos pero a su vez, la aparición de individualidades destacables que mediante sus propios puntos de vista,  han puesto en duda el Status Quo que la mayoría no quería cuestionar.  Como todos los adelantados de su época, ellos fueron vilipendiados y despreciados por los mismos medios y periodistas que unos años antes se mofaban sin pausa.

Y ese mismo chupamedismo se traslada a los medios y periodistas locales quienes se lanzan a los pies de sus colegas de medios como la CNN que visitan el país en búsqueda de alguna plaza. Pese a que éstos han sido servidores a sueldo de los embustes históricos más grandes de la época, los “periodistas argentinos” hacen gala de falta de memoria para no abochornar a sus colegas hispanos de dicha cadena estadounidense y menos aún comprometerse ideológicamente con la realidad geopolítica actual.

 

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En medio de ese espectro de obsecuentes  y timoratos se van instalando viejos “jóvenes” referentes provenientes de aquellos años noventa  salidos de las alas del menemismo y del duhaldismo. Tal el caso de Sergio Massa, un muchachito liberal de la UCeDe que tras ser visto en las promiscuas reuniones entre “peronistas” y “liberales” liderados por María Julia Alsogaray capto la atención del menemismo. De una militancia liberal vio la oportunidad de oro para colgarse del tren neoliberal que ingresaba al país con la anuencia del Menemismo, una mezcla obscena de “peronismo”  político y “neoliberalismo”  económico.

Producto de esas mañas arribistas, Massa llegaría a la intendencia de Tigre y con políticas muy ligadas a sus orígenes neoliberales, cerrando contrataciones con empresas de seguridad británicas y norteamericanas para monitorear a toda la localidad bajo el argumento de la seguridad ciudadana.  Cuando llegó Néstor Kirchner al gobierno en 2003 Massa vio la nueva oportunidad para colgase al nuevo tren y así siguió colgado durante la mayor parte de la llamada “década ganada” hasta que, tras los tira y afloje con la afiebrada presidenta Fernández terminó su idilio “seudo-revolucionario”.

A pesar del cambio de rumbo político del país, siguen habiendo los mismo tabús que impiden a los nuevos gobernantes –y a los jueces federales- meter la mano en las áreas sensibles y estratégicas para  re estabilizar la situación. Incluso no hay que dejar pasar, que dentro del mismo gobierno hay gravísimos casos de corrupción que implican a la misma vicepresidente Gabriela Michetti y también al presidente Mauricio Macri.

 

Hoy el mismo Massa trata de reinventarse presentándose ante los medios como una “alternativa” entre el pasado Kirchnerista y la actualidad  de “Cambiemos” siendo a todas luces esa pretensión, una verdadera tomadura de pelo.  Un Massa que brindaba pleitesía a las políticas privatizadoras de Menem en los noventas, que aplaudió a Eduardo Duhalde en momentos de la “Poliarquía”  de comienzos del nuevo siglo y un supremo chupamedias en la “Era K” solo puede despertar risas en los ciudadanos pensantes que ya están hartos de estos simples muñecos de alta voz.

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